La envidia proviene de la comparación, de sentirse inferior y víctima de
las circunstancias. De creer que se ha sido "injustamente" tratado por
la vida y de desear lo que no se tiene, pero el otro sí. "No he contado
con los mismos recursos (oportunidades)", "no tengo dones", "a mí me ha
tocado diferente", no soy tan atractivo/a”, "no nací en cuna de oro”,
“llegué tarde a la repartición”, “no soy lo suficientemente
bueno/buena”, etc., son algunas de las falsas creencias en nuestra
mente. Todo lo anterior en realidad tiene un origen común: la falta de
estima, confianza y amor propio. El mejor remedio entonces está en
comenzar a valorarse y amarse uno mismo, y en agradecer las bendiciones
con las que hoy se cuenta.
Una definición que encontré de la envidia cita: “tristeza o pesar del
bien ajeno. Emulación, deseo de algo que no se posee”. Comprende que
todo lo bueno ya se te ha dado, viene del Padre, te pertenece y nadie te
lo puede arrebatar a no ser que tú lo quieras ceder. Dios es nuestra
Fuente ilimitada de bienestar y nos ama a todos por igual, no hay
distinción de ninguna índole, no tiene favoritismos. Todos hemos sido
equipados con las mismas virtudes. Así que no codicies las de los demás,
mejor encárgate de descubrir y sacar a flote las tuyas. ¿Acaso has
olvidado que eres el amado hijo de Dios y que puedes brillar con luz
propia? Abre tú también tus alas y con el apoyo celestial, vuela para
realizar tus sueños.
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